Defensa


Dos minutas de despachos de 18 de Septiembre de 1.722. La una remitiendo al Virrey los autos echos por la sala del Crimen sobre la sentencia de los Montañeses, y la otra a la misma sala para que procediese en esta causa conforme a derecho. Así mismo se traen otras dos minutas de los despachos que se han formado en consecuencia de lo resuelto por S.M sobre constancia de 20 de Septiembre de 1.724, echa sobre asumpto, los cuales están para remitirse en la primera ocasión.

 

SELLO QUARTO, AÑO DE MIL SETECIENTOS Y VEINTE Y DOS

                                                                                                      

Consejo en 28 de Mayo de 1.722.- Pase al Sr. Fiscal con los demás papeles que hubieren desta dependencia.(Al margen)          

La respuesta del fiscal es dada a continuación de la carta que remitió el Virrey, dando cuenta deste suceso. (Al margen)

                                                                                                                     Señor

Don Juan Antonio de Urrutia Guerrero Dávila, Cavallero de la Orden de Alcántara, Marqués del Villar del Aguila, Don Francisco de Ursúa Munarriz del Orden de Santiago, Conde del Fresno de la Fuente, Regidor perpetuo de la Ciudad de Mégico, Don Domingo de la Canal del Orden de Calatrava, Prior que ha sido del Consulado de aquel Reyno, el Coronel Don Juan del Castillo del Orden de Santiago, también Regidor de aquella Ciudad y Prior actual del Consulado, y otros consortes hasta el numero de 242, contenidos en el  poder de que está hecha esta hibición antes de ahora, vecinos de la Ciudad de Mégico, que unos se hallan con decorados por la liberal mano de V. Mag. con las dignidades de títulos, otros con la Noble Insignia de las Ordenes Militares, muchos que son actuales Regidores Perpetuos de aquella Ciudad, Capital de Nueva España, algunos Caballeros Criollos, y los más naturales destos Reynos de Castilla. Puestos a los Reales pies de V.Mag. Dizen que abiendo llegado a la Secretaría del cargo de Don Andrés del Coro Barrutia y Zupide, traslado authentico de los autos hechos por Don Juan de Oliván Rebolledo, Don Nicolás Chirino Vandebal y Don Juan de la  Beguellina Sandoval, todos tres Criollos, Alcaldes de la Sala del Crimen de aquella Ciudad, por querella que dio Juan Basilio García, mercader y vecino de ella, contra Don Matías Ruiz de Cossío y Don Angel Díaz Terán, españoles naturales de las Montañas de Burgos, y contra otros culpados, Mulatos, Indios y esclavos, sobre averlos acusado de averle robado de su tienda dinero y géneros. Se sirvió V. Mag. conzeder a los suplicantes quince días de término para exponer por medio de su apoderado los motivos que tienen para aver tomado por suya propia la causa de los expresados Montañeses Don Matías Ruiz Cossío y Don Angel Díaz Terán.

 Y es ( Señor ) el caso que apenas supieron que a estos se les avía condenado a la satisfación de cierta cantidad, y no teniendo con qué pagarla, se les pusiese en un obraje, hasta que la debengasen. Tubieron la sentencia por injuriosa y denigrativa, no solo contra los suplicantes como particulares españoles, sino contra todo el cuerpo de su nación, de suerte que si en defensa de ella no se hubiera dado por entendido su punto, temerían incurrir en la nota de que avían ya olvidado el que devían a su nacimiento. Respecto de que disimulando en sus propios onrrados paisanos una afrenta nunca vista en el gran theatro de aquel Nuevo Reino, devieron rezelar su tolerancia por borrón más feo que el de la sentencia, la que destrozando la hidalguía de aquellos dos míseros infelizes, no parava en esto el último término de su estrago, porque haziéndose a los ojos de los suplicantes, sin dar muestras de su justo sentimiento, seria servir de testigos, de que se establezía aquella pena para los demás españoles, consintiendo en que por ese exemplar se abriese puerta con cualquier ligero pretexto ollar, y franca para repetirla, y deslucir el esplendor de la nación, a quien nezesariamente, este suzeso avía de servir de Padrón eterno de su abatimiento, el que es más sensible en aquellas bastas regiones donde, desde que la voz de los españoles fue aurora de la luz del evangelio, afianzaron para la posteridad su devida veneración.Y siempre se ha conservado no menos rozagante la gloria de su invencible nombre, pero deslumbrados con ella aquellos naturales por   imbariable antipatía, estudian en ofuscarla y aunque no a cara descubierta, siempre velan en  aplicar quantos medios discurre su cavilación para oprimir a los que desde estos Reynos pasan a aquellos, y devajo de la capa la Justicia, esconden el deseo vengativo de explicar la complazencia que tienen en poner a los españoles en estado, y disposición, que sean objeto y blanco del desprecio, zebándose en los que reconozen faltos de caudal para triunfar de su propia indefensión.

Para que esta verdad corra infalible, no es menester otro exemplo que el que viene delineado en los autos de la zitada causa criminal, pues si la sentencia definitiva es la que perora los méritos de la culpa reduziéndose a una pena pecuniaria, que fue la primera parte, se conoce que no se les comprobó el delito, como es cierto, y resulta así de la serie de los autos donde la pena del obraxe fue subsidiaria efecto correlativo de no aver pagado el prorrateo, de multa, y costas; de forma que esta infamia se les impuso, no por el hurto, de que no fueron combencidos, sino porque les faltó dinero con que pagar lo que les fue repartido. 

 De esto nace el concepto firme de que la causa contra dichos Montañeses incorporándolos con los demás reos, que eran Indios, esclavos y Mulatos, se a de atribuir en los Jueces a un ardiente deseo de desluzir el nombre español, el que onestaron con una cubierta tan superficial, que no solo se trasluce, sino que se hace patente, porque rexistrando el origen, progreso y último término de los autos, consiste en el de oficio que proveió en 8 de Diziembre de 1.720, el referido Ldº Don Juan de Oliban, Oidor de la Real Audiencia de México, siendo también Alcalde de turno en la Sala del Crimen de ella, en que entra, enunciándolo la querella que le dio el ya referido Juan Basilio García, diziendo que a las tres de la mañana tocó el Guarda a la puerta de su tienda, advirtiéndole que estava abierta, y que, aviendo vajado en compañía de Miguel Terán y Antonio Gómez, sus criados, hallaron media puerta de la tienda abierta y la llave pegada en la chapa de adentro; la tranca arrimada a la pared y una linterna enzendida sobre el mostrador, a cuya luz, y la que vaxaron de arriva, vieron que estava la tienda rovada por estar vacíos algunos huecos del armador, y que, abriendo un cajón, vio que le faltavan como 500 pesos, y de esta disposición hizo Juicio que alguno se queda escondido dentro de la tienda, y abrió a la media noche a otros compañeros, que devieron executar el robo, sospechando que el que se queda dentro fue un Gachupín llamado Mathias, que frecuentava mucho la casa del querellante, y vivía en la esquina de Santa Cathalina de Sena, a cuya sospecha se movía porque la tarde antezedente al robo, avía estado en la tienda, donde vio contar dinero y ponerlo en el cajón, y, aviendose aparecido por la mañana en la tienda y casa del querellante, a las demostraciones de hablarle le notó que estava muy asustado, a que se añadía que el referido Mathias la noche del rovo avía estado en una tienda de vinatería y le habían asegurado que le avían visto entrar en la del querellante, de donde no le vieron salir, aumentándose el indicio con aver solizitado saver si aquella misma noche avía dormido en su casa dicho Don Mathias, y le avían informado que no, ni otro Gachupín llamado Angel, su compañero, que vivían juntos. Por lo que hacía juicio que los dos avían cooperado en el hurto.

Cometió la averiguación el Receptor Diego Ignacio de la Rocha, quien examinó a Miguel Terán, Antonio Gómez y a Antonio de Montoya, criados del querellante, que, como tales, no son de aprecio sus deposiciones. Y habiendo llegado a la tienda la mañana próxima a la noche del robo el sujeto que en la querella se zitó con el nombre de Mathias, se le detuvo y tomó su declaración, en la que dijo llamarse Mathias Ruiz de Cossío, natural de las Montañasde Burgos en los Reynos de Castilla, que era cierto que en la noche antezedente avía estado en aquella tienda hasta las 7 de donde fue a la casa del estado, en que se mantuvo hasta las 11, a cuya hora, restituiendose a su casa, que la tenía en la Calle de Santa Cathalina de Sena, por no averle respondido a los muchos golpes con que llamó, se fue a dormir a la calle de las Moras.                                               

Don Angel Díaz Terán solo declaró que en la referida calle vivía una muger que la tenía por Dama de dicho Don Mathias, a que le dijo el Receptor que fuese a enseñarle la que era, y aviendo pasado en compañía de Miguel Terán, caxero del rovado, de Francisco Revolledo y de Don Juan Antonio Alvarado, Ministros de la Sala, la descerrajaron porque no respondían, y encontrando dentro con una india, esta, en su declaración, confesó llamarse María Rosa, casada con Felipe de Santiago, que aquella casa era de Francisco cuyo apellido ignorava y también el de su muger, que se llamaba Micaela, los cuales eran sus amos, que avían ido a Misa y la avían dejado enzerrada.

Reconocida la casa, y encontrando en ella unos géneros, dixo el caxero del querellante que en ellos avía parte de los rovados, a que la india replicó constarle que todos eran de su amo y que la noche antezedente, ninguno de fuera de su casa avía dormido en ella, y que no conocía a los dichos Montañeses D. Mathias y D. Angel, sobre que se la hizo pregunta especial. Y porque reparó el Rezeptor en un abugero que daba comunicación a la casa contigua, entró en ella, y examinó a Pedro de Herrera y a María de Mora, su muger, que la avitavan, y hizo otras diligencias impertinentes y confusas, como lo acredita el contexto de todas ellas, de donde resulta con evidencia, que ni la india, ni sus amos, ni los de la casa inmediata, ni Joseph de Aguirre, de oficio velero, que también se examinó, aun para exonerarse, y compurgar su sospecha, dieron por autores ni partícipes del hurto a los dos Montañeses, ni resultó contra ellos indicio el más remoto. Con desabrimiento visible del Receptor, que estubo ansioso de sacar los reos, haziendo pública su pasión el azelerado estudio con que coazerbo sus tales, quales diligencias, que todas fueron sin intermisión de unas a otras,  enlazándolas con la cadena del luego in continenti, siendo casi imposible que las pudiese perfezionar en el corto espazio de tiempo que supone. Y ese género de presteza, siempre se a tenido por sospechosa, y el escrivano, a quien se fía el cuydado de descubrir la verdad, quando usa ese método, se presume que su idea es ocultarla, que fue la que llevó dicho escrivano receptor, Diego Ignacio de la Rocha, presunción en que le llega a combencer su arrevatado modo de actuar.

Sin embargo de que en estos Aczidentes, no estriva el fundamento de este recurso siempre inebitable en qualesquiera zircunstancias supuesto el rigor intolerable de la sentencia. Si mira está mas llena de iniquidad, constando que se dio contra la inozencia para evidente demostración de que con artificio se fabricó un proceso, mezclando en él Montañeses, Indios y Mulatos. Devajo de una identifica causa, y, lo que es más, averlos unibocado en la pena, para executoriar con ese paso, que no merecen diferencias, ni distinción, obrando aquellos Ministros contra el derecho común de los Romanos, que, entre las sombras de la idolatría, vieron a muy copiosa luz, que el hombre libre, por ninguna causa, sea la que fuere, podía ser vendido, sobre cuya observancia promulgaron sus leyes y taladraron también los Ministros de dicha Sala del Crimen el municipal de las Indias, y en la exacta diligencia que puso Don Juan de Solórzano Pereira en explicarle, no se la ofreció a la imaginación, ni le vino al pensamiento tocar el punto y caso de que un español fuese vendido; especie que en su grado dista de la razón, y disuena tanto a ella que sería delito la ocurrencia, ni aun para dexar el punto en puramente intelectual y especulativo, y se puede creer, que a este Doctor consumado, le sucedió en esta materia, lo que a los Athenienses y Romanos en la del parricidio, para el cual se les olvidó establecer ley en las que dieron al Orbe, y fue por no aver imaxinado que la barvara crueldad de los hombres pudiese raiar en tan execrable maldad, siendo el primero que les forzó a exixirla Lucio Ostio, quien aviendo dado muerte a su padre y hallándose sin ley que prefiniese el castigo, la crearon en tiempos del gran Pompeyo de quien tomó nombre pasados ya más de seiscientos años desde la fundación de Roma. Ninguno de los innhumerables que avitan la Capital de México, a oído en algún tiempo de los pasados, ni esperaron que en lo futuro se había de dar caso práctico, de que un español fuese mandado vender al obraxe, ni se ha leído de ninguna nación que el hombre libre fuese enagenado por la bastarda medida de el interés y precio, sino del Casto Joseph, a quien por embidia vendieron sus hermanos cometiendo un enorme delito, pero nunca se pudo ofrezer a la memoria que en figura de causa y proceso por Tribunal que tiene carácter de Justicia, al tiempo de administrarla, complicase o torziese de suerte su atrivuto, que se publicó como sentencia el más inaudito desacierto, el que, divulgándose por todo el rezinto de la Ziudad, fue único asunto de las conversaciones, contándole como caso raro y novíssimo y que en su grado impresionó la misma admiración en México, que causó en Roma el primer parricidio.

Assi los concebía el entendimiento o el dolor de los españoles, aunque los Indios, Mestizos y demás gentes, sus antípodas, no tanto en la situación del orbe, quanto en genios y costumbres, se recreavan viéndolos igualar en el tratamiento, y como el respecto es la prinzipal fortaleza y guarnición que tiene a raia aquella muchedumbre, émula perpetua de la superioridad, que desea resistir su dura zerviz, comprendían este lanze como un anuncio que les permitía en adelante una cierta esperanza de sacudir la sujeción y la obediencia. Porque roto el antemural de la veneración, quedarían las cosas reducidas a la fuerza, que desenfrenada con la aprensión de que los españoles y los indios eran ya de un color, y que con un mismo sello se les marcavan las sentencias, se podría rezelar que prevaleciese el atrevimiento, y en aquel sistema pudiendo ser dificultoso el remedio, es razón que se antevea en el mapa que figura el proceso de este caso singular, estimándolo como primera piedra en que los Indios quieran levantar su edificio, para que, como Torre de Babel y fábrica de viento, se mande desolar, imponiendo a los que promulgaron aquella sentencia nunca imaxinada, el más serio castigo, y a los que cooperaron en auxiliarla.

Estos fueron los altos motivos que tubieron los suplicantes para mirar esta causa como ultraxe y vilipendio de la nación española, y no lo dejó de reconozer así Don Juan Olibán, principal Autor de la sentencia, pues llamado por el Virrey de aquel Reyno, Marqués de Valero, por la quexa que de ella y de sus cláusulas infamatorias le dieron, le negó que avían sido condenados los Montañeses a obraxe. En que faltando con deliberación a la verdad, ofendió gravisimamente, así el honor de su Dignidad consular, como la superior de Virrey; a quien después le disputó el que tomase conocimiento de los autos, alegando los comunes preceptos de las leyes que se lo prohiven, sin advertir que este era un caso tan extraordinario que, elevándose sobre la esfera de los que la Providencia graduó como regulares, era nezesaria toda la autoridad del Virrey para conzertar lo que la Sala del Crimen executava, excediendo de los   términos y límites de lo que le está concedido por V.Mag., en cuyos casos los Jueces, aunque lo sean, se entiende que obran, no como personas públicas, sino como particulares y privadas, desnudándose del ornato y regalía de la jurisdicción. Y no se contentaron los suplicantes con solo el recurso al Virrey, Marqués de Valero, sino que también lo intentaron ante el Visitador General, y cuydadosos ya los Ministros de la Sala del Crimen, de las  perjudiciales consecuencias que prometía su sentencia que ( en cantaletas que llaman en aquella Ciudad ), alteraban los ánimos y despertaron el de los españoles a bolver por su pundonor por los honestos y permitidos términos de Justicia para otorgar congregándose, el poder que tienen exhivido los suplicantes. Vieron dichos Alcaldes de dos medios, ambos reprovados, el uno fue aver sobornado a los escrivanos de Cámara Don Juan de Albarado y Don Luis de Ortega, Receptor Teniente de Don Luis de Abilés, para que diesen testimonios falsos, suponiendo exemplares en que los españoles avían sido vendidos al obraxe, que como súbditos de su Tribunal, y enemigos de nombre español, los dieron con efecto, por lo que incurrieron en la justa indignación de las leyes.

Y el otro medio, fue aver imbentado que la junta de los suplicantes para otorgar el poder con que recurrir, como lo han hecho ante V.Mag, avía sido con ventículo para mover sedición y tumulto y alterar la pública quietud de aquella Ciudad, y que a este fin avían hecho repartimiento de dinero, que fue informarlos con otra afrenta maior que la de su sentencia, y todo fue arte, y voz finxida por si podía servir de rémora a fin de retraerlos de sus legítimas defensas para cuyos, gastos pudieron hacer de su propio caudal repartimientos, aunque no los hicieron por averse encargado uno a suplirlos por via de anticipación. Y aunque añadieron también dichos Alcaldes que los suplicantes abandonaron a los Montañeses en el tiempo de su prisión sin averles acudido con el preciso sustento es incierto, y lo que hecharon menos dichos Alcaldes, fue que importando la condenación de cada uno 140 y tantos pesos, no los huviesen pagado por ellos.Y devieron considerar que ese medio, aunque huviera sido el más breve y menos costoso, sería precio con que huvieran comprado la libertad natural que no avían perdido, y una bastarda señal de que avían sido rescatados de la servidumbre de que estavan esentos por naturaleza, operación con que los mismos españoles, a costa de su dinero, autorizarían la sentencia y dejarían pagada su infamia.Y los Alcaldes quedarían muy ufanos y engreídos con el deleite de que avían sobrepujado a cuantos Ministros les precedieron des que en aquella Ciudad se erigieron los Tribunales para obstentarse Autores memorables de una resolución, que solo pudo ser especie de delirio, en que también transcendieron, en particular el dicho Don Juan de Olibán, a mortificar más inmediatamente a Don Pedro de Escorza y a Don Juan Rubín de Zelis, contra los cuales manifestó grandes desabrimientos.

A el primero, porque aviendo puesto dicho Don Juan de Olibán el asiento de los alumbres en caveza de Don Juan Rodezno, su cuñado, con un empeño ardiente para que se le rematase, y hechado en él la puja del cuarto el referido Escurza, en cuya virtud se le adjudicó, le concivió un odio capital con deseos vengativos.Y al dicho Don Juan Rubín, porque teniendo su cargo el asiento de la venida del Pulque blanco de aquella Ciudad, noticioso que el expresado Don Juan Rodezno fabricava aguas ardientes falsas y proividas en dos distintos parages, y que la administrava publicamente el dicho escrivano Receptor Diego Ignacio de la Rocha, no solo en perjuicio del asiento, sino de la salud y causa pública, pues se supo que con aquel brevaje había reventado un Indio, porque puso el remedio que devía con la quexa que dio al Virrey, se explicó resentido y agraviado dicho Don Juan de Oliván contra el referido Rubín, y ya que en ellos no pudo desaogar su intrépido sentimiento, lo acreditó en dichos dos Montañeses sus paisanos, de que en los autos ay repetidos testimonios.

Y es cosa ciertíssima que por punto general aquellos naturales miran con aversión y odio a los españoles, y si empuñan Jurisdicción, se valen de ella para disfrazarlo devajo del nombre de Justicia.

De esta realidad puede servir de muestra el lastimoso caso que sucedió el año pasado de 1.720 en la Ciudad de Guadalaxara de Nueva España, donde aviendo preso a quatro manzebos Montañeses por el hurto de unas barras de plata, visto el proceso por quatro Ministros de aquella Real Audiencia, salieron los votos en discordia, y fue público que el de Don Tristán Manuel de Rivadeneira fue de orca y que los hiziesen quartos, y remitida la causa a la Sala del Crimen de México, escribió el referido Don Tristán a los Alcaldes de ella con fuerte empeño sobre que prevaleciese su voto, como prevaleció. Y los aorcaron a todos quatro en la misma Ciudad de Guadalaxara, causa por que ningún Indio, Mulato ni Mestizo huviera perdido su vida, pues la pena regular que a estos ser huviera impuesto, sería, quando más, venderlos a un obraxe para disfrutarles el dinero. Como lo está vozeando otro lanze que cometióun fulano Figueroa, que en el locutorio de un combento de Monxas de México de quien era su Mayordomo o cobrador, donde pidiendo un Boticario de la misma Ciudad a la Abadesa en presencia de otras Monxas que le mandase pagar ciento y tantos pesos que se le devían de medizinas que avía dado para el Combento de orden de dicho Figueroa, sacó este un cuchillo de Orquita, y a puñaladas mató al Boticario en el mismo Locutorio, profanando con sacrílega mano aquel santo lugar con escándalo de las Monxas, cuya religiosa piedad queda sorprendida del mayor dolor a vista de tan funesta livertad. Y refugiándose el reo en el Combento de la Merzed, salía por las calles con extraña osadía, hasta que, preso por el Corregidor, le condenó a horca y quartos, de cuya sentencia, aviendo interpuesto apelación a la Sala del Crimen, y por averse remitido los votos a la Audiencia después de aver mediado varias discordias en los dictámenes, por último fue condenado a 6 años de presidio.

Aun es más reciente el caso de otro poblano, como el antecedente, que aviendo intentado forzar a una muchacha española muy noble, porque defendió su honestidad y decoro, la mató, y desde una ventana la arrojó en una zequia, de donde, acudiendo el Corregidor, sacó el cadáver, prendió al delinquente, de quien se querellaron los padres de la infeliz muchacha, y, justificado el delito, le condenó dicho Corregidor a la pena de horca, de cuya sentencia, aviendo interpuesto también apelación a la sala, la revocó reduziendola a seis años de presidio.                                           

Y pudieran referirse otros infinitos exemplares del mismo tenor, naturaleza y clase que por escusar proligidad se omiten. Pero todos los observan los españoles con el quebranto de mirar atropellada la vida y la honrra de sus compaisanos por el descubierto encono que les profesan aquellos tres Ministros, y otros de su misma inclinación que, contra lo que previenen las leyes de aquellos Reynos (sin duda por evitar estos y otros precipicios) se hallan con el brillante adorno de la Jurisdicción, y con ella ya se tienen por superiores desvanezidos con el mando y con el uso del mero y mixto imperio, y antes que tomen mayor buelo, a parezido ser de la indispensable obligación de los suplicantes, intentar este soverano recurso, y también an escrito a la Ciudad y Ayuntamiento de Burgos, caveza de Castilla, y Trono de sus antiguos Juezes, implorando su patrozinio a fin de restablezer el onor de los dos Montañeses, dedicándose, como madre de ellos, a conservarles la Hidalguía con que los dotó desde su nacimiento. Cuya obligación, reconozida por la Ciudad, a ofrezido aplicar su mayor influxo hasta elegir diputados especiales si fuesen menester que comparezcan en su nombre ante V.Mag., a representar esta causa por poner su pundonor, empeño en que el apoderado de los suplicantes no a condescendido porque no se vertieren las molestias a V.Mag., pareciéndole que a tan alta soverana Justificación, sobra que se multipliquen interzesores, pues basta que los quexosos y lastimados refieran senzillamente su pena, para que hallen todo el acoximiento que permitiere el Justo desagravio.

Y no siendo el ánimo de los Suplicantes, que los españoles en aquellos dominios tengan salvo conducto para sus demasías, que eso sería canonizar los delitos y hazer santas las culpas, solo claman que se les trate conforme la disposición de las leyes, y que en adelante no quede memoria de que por actos jurídicos y por pública sentencia, fueron mandados vender al obraxe de que no les eximió expresamente alguna de las leyes colocadas en la recopilación de Indias, porque siendo esentos por naturaleza, sería dejarla ofendida el cuydado de que en esto quedase resguardada.

Justo es que sean Corregidos y castigados a proporción de sus excesos, porque es acto Religioso sacrificar el reo a la funestas aras del castigo, y aunque los delitos no permiten aceptación de personas, es y se entiende en quanto a no dispensarles la pena a medida de la culpa, pero en el modo y su ejecución, an dado las leyes sus divisas para distinguir al noble del pleveyo, al ilustre del infame, porque la mayor desigualdad dela república, sería hazer a todos iguales en ella, y en esto fue más especial la providencia que se dio en la Leyes de Indias, que poblándolas españoles, Gachupines y Chriollos, nombres que tienen su particular significado, sea notado entre ellos en lo general, emulación y discordia hasta averse introduzido en los claustros de las Religiones con el titulo de formar sus parcialidades, y cuando incurran en un propio delito y merezcan una misma pena, no deve ser uniforme y menos con el resto innumerable de Indios, Mestizos, Mulatos, negros, esclavos y demás variedad de gentes que havitan aquel nuevo Mundo.

Y respecto de que dichos dos Montañeses fueron tratados peores que Indios, que por ley están reservados de la pena del obraxe. Deve suspender este caso nunca oído en el discurso de dos siglos que an prezedido desde la gloriosa conquista de las Indias oczidentales, y si al tiempo de introduzirse esta infame novedad no se devela y borra de la memoria de los hombres, se dar ocasión a que se arraigue y reitere en perjuicio evidente de V.Mag., y en desdoro de sus primeros vasallos que son los españoles muy nezesarios en la Nueva España, y que por si y sus caudales, los respeten, pues sobre sus hombros se sustenta el peso de los primeros negocios, y con la obediencia se mantienen las cosas en paz y en justicia con la beneración devida a los Virreyes y Tribunales, y son los que en las públicas urgencias, con su acostumbrada fidelidad, an manifestado el verdadero amor a V.Mag. en los gruesos donativos con que lo an explicado, y, en especial, en la última porfiada guerra, sin que alguno de tantos Indios se huviese movido a seguir tan honrrado exemplo.

Todo esto persuade, y aun convenze, que el fin de esta causa, no fue con el ánimo en los tres Juezes de que su sentenzia se enzerrase en las estrechas márgenes de aquellos dos Montañeses, sino a que sirviese de niebla, que empañase y obscureciese el orizonte español. Y el aver nacido en Castilla, fue para los Alcaldes del Crimen, la mayor culpa, verdad que dexa dibujada la distante fortuna de los dos homizidas sacrílegos y escandalosos: El que mató al Voticario en el Locutorio de las Monxas, y el que hizo lo mismo en la incauta donzella española porque defendió su pureza, que fueron condenados a presidio por 6 años, con la última temporal desgracia que padecieron los quatro Montañeses, que del primer hurto, los ahorcaron en Guadalaxara, afectando en estos Justicia lo que fue traxedia, y siendo cruel en los otros la misericordia. Cuyos complicados estremos solo lo compone la voluntad, obrando para con sus semejantes el afecto, y contra los españoles el odio. El que llegó en los tres Ministros a preocuparse del último grado de zeguedad en la resolución de aver condenado por su sentencia definitiva a los dos Montañeses a que fuesen vendidos para el obraxe, y en averlos enzerrado en compañía de un esclavo, y de los demás Mulatos y Mulatas, con quienes les misturaron como cómplices y socios, en el lóbrego seno de un calavozo, de donde aviendo permitido que saliesen los Mulatos y Mulatas, retienen a los Montañeses con el esclavo en el propio lamentable encierro.

Y añadiendo, dichos Ministros, error a error y desacierto a desacierto, intentaron hazer creible que otros españoles avían sufrido el propio destino en otras muchas ocasiones de que dieron los testimonios que ya ban apuntados, los dichos Don Juan Albarado Cantabrana y Don Luis de Ortega, escrivanos de Cámara, cuya falsedad se hizo evidente con las declaraciones que, a instancia de los suplicantes, mandó rezivir el Virrey, Marqués de Valero, de los             dueños prinzipales de obrajes, los quales, con previo conozimiento y examen de sus libros donde se sientan todos los que se aplican a aquel pesado egercicio, devajo de juramento declararon conforme, más de 16 que depusieron en número, maiores de toda excepción, que no constava que uviesen tenido español ninguno al obraxe Jamás.

Y es digno de la superior Reflexión de V, Mag., tener presente que dichos dos escrivanos de Cámara, por aver dado aquellos testimonios falsos, llevaron a Don Juan Francisco de las Navedas, apoderado de los suplicantes, 10 pesos a 500 cada uno, de que le dieron recivo, cantidad que les tasó el Tasador General, Don Juan Arias Guoiel, regulada por el Aranzel de la desordenada codicia, a que el mismo tasador coludió con los tales escribanos de Cámara, contra los quales puso demanda de restitución de los mismos, excesivos e injustos derechos, el referido apoderado, como resulta de la pieza particular de autos, que ha venido y se halla con los dicha causa.

De donde se combenze que dichos escrivanos de Cámara, vendieron a más alto precio sus testimonios falsos, que el que estimaron los Alcaldes del Crimen por la livertad y honrra de los españoles, mandados vender por poco más de 140 pesos cada uno, cuyo vilipendio, no solo lastimó el corazón de sus compañeros y paisanos, sino el de los Chriollos que por sus prendas eredadas y adquiridas, veneran y reconozen desde aquel ocaso, el oriente que deven a este emisferio.Y así, impacientes con el atentado, le tuvieron por ofensa de sus ilustres progenitores, y por evidente peligro para sus nietos y descendientes.Y al impulso de la razón ( porque callando no pareciese que aprovavan la violencia de los tres Ministros de la Sala del Crimen ), hizieron público su sentimiento, confederándose con los españoles que se interesaron en la defensa de esta causa, formando, unos y otros, un cuerpo, como lo califica el poder que está  presentado, y otorgaron devajo de un contexto, circunstancia que acredita que el ser Criollos, como son dichos Ministros, no les a valido para que los demás les aian axiliado su arroxo, antes resistiéndolo, como lo resisten los mismos Criollos contenidos en el poder, sirve del más authéntico testimonio que ostenta y pregona, aver sido la sentencia el escándalo de Nueva España. La que queda en la mayor expectación de que se ha de compurgar del mal sonido con que dejó viciado el nombre español. Y así, para que coxan el fruto a que mira esta humilde representación:

 

 SUPLICAN A V.MAG.

SE sirva de mandar se despache Real Cédula dirixida al Virrey o Audiencia de dicha Ciudad de México, para que avoguen los autos originales que fulminó la Sala del Crimen contra dichos dos españoles Montañeses, y que en el propio prozeso con inserción de la misma Real Cédula, se ponga auto dando por nula la sentencia dada contra ellos en quanto les condenó a que fuesen vendidos al obraxe, y en desagravio de este atentado, que se les ponga en plena libertad sin costa, haciendo que por vando formal y edictos que se fixen en las partes públicas y acostumbradas, se notoria a todos la resolución de V.Mag.,  participándola a las demás Audiencias, Governadores y Justicias, para que las publique cada uno en sus Jurisdiciones y territorios. Y que enterados del desagrado de V.Mag. en aver condenado a pena tan fea a dichos dos españoles, queden advertidos devaxo de los maiores apercivimientos, de que ningún Tribunal ni Justicia, inzida en adelante en semejante sentencia, areglándose a lo que en esta materia ordenan las leies de aquellos Reynos.

Y por lo que mira a Don Juan de Olibán Rebolledo, a Don Nicolás Chirino Vandesbal y Don Juan de la Veguellina Sandoval, Alcaldes del Crimen que la pronunciaron, y a los escrivanos de Cámara Don Juan Alvarado Cantabrana y a Don Luis de Ortega, que por comtemplarles afirmaron en testimonios falsos, que otros españoles avían sido mandados vender al obraxe y llevaron los 10 pesos por aver dado tales testimonios, y al dicho tasador general, Don Juan Arias Gudiel, porque se los tasó quebrantando la templanza y moderación de lo arreglado por los aranzeles, y al escrivano Rezeptor Diego Ignacio de la Rocha, por sus diligencias in ordinadas, que actuó en fuerza de la comisión que se le dio en los Autos Criminales que se fulminaron sobre dicho hurto, y aver administrado las aguardientes falsas. Se les imponga a cada uno el castigo de que los a hecho merecedores la gravedad de su delito. Y a dichos dos escrivanos de Cámara, el especial de que buelvan y restituian con las setenas los referidos 12 pesos, sin perjuicio del mayor aumento de penas. Y al dicho tasador general que se los tasó, que es el medio más eficaz, sirviéndose V,Mag. aplicar todos los demás que parezcan conduzentes a fin de que el punto de los  españoles quede en aquella ciudad de México y Reyno de Nueva España con la integridad y pureza con que pasaron a ellos desde estos de Castilla, donde merecieron a la fortuna la mayor honrra de aver nacido vasallos de V.Mag. Y que siendo castigados los que fueron delincuentes, hasta rendir la vida, si lo mereciesen sus delitos, se de la más segura providencia sobre que por ningún caso, sea el que fuere, se les condene a ser vendidos para el obraxe, que es el blanco de esta representación sumisa y reverente. La que esperan halle el amparo, protección y Justizia que se prometen de la soverana grandeza de V.Mag.

 En Virtud de su poder, y el de los dos Montañeses.-

 

               Domingo Pérez de Zelis

 

 

 

                                                                                                                     Señor

La Ciudad de Burgos, cabeza de Castilla y Cámara de V.M, puesta a sus Reales Pies, con el debido respeto y veneración de su innata fidelidad, hace A V.M memoria de su antigüedad y imbeterado explendor en que, así V.M como sus gloriosos predecesores, la han constituido mantenido y conservado, motivo tan decoroso que la empega más a mirar con la mayor eficacia por el honor y lustre de sus hijos, y siéndolo por nacidos en las Montañas de esta Provincia de que es cabeza, Don Matías Rubín Cosío y Don Angel Díaz Therán, presos en la cárcel de México y después vendidos como esclavos al obraje de aquella ciudad por sentencia de los Oidores de la Chancillería de ella contra todas las leyes naturales, pues entre Católicos no se permite ni practica semejante tiranía ni crueldad. Y deseando, como tan de nuestra obligación, hacer presente A V.M. este norme delito y crecido y imponderable agravio a Nuestro Glorioso Nacimiento y Nobilísimo Reino de Castilla la bieja, aun nos precisa, a nuestro honor corta demostración. La de esta reberente           representación haviendola deseado hacer por dos Caballeros Comisarios nuestros Capitulares, como nos lo tienen pedido por su carta toda la nobleza de la Ciudad de Méjico, pues nunca pudiéramos persuadirnos havía de servir AV.M. de molestia, como quiere hacerlo creer el poderhaviente de aquella ciudad en el memorial que presenta. A V.M, cuio Real y piadoso ánimo siempre ha sido, es y ser el oir las justas quejas de sus vasallos, para usar como acostumbra de la virtud de la Justicia.

Que pedimos rendidos A V.M, mande hacer en favor de los que haviendo nacido con obligaciones y en país noble y tan Cathólico, se vean echos esclavos, cuio exemplar si se quedara sin castigo, fuera la más perjudicial consecuencia al punto y honor de este Reino tan antiguo y que logra el supremo honor de ser el primer dictado con que V.M se imboca.

Cuia Cathólica Real Persona Guarde Nuestro Señor muchos años como la Cristiandad desea y ha menester.

 Burgos de Nuestro Ayuntamiento y Junio 19 de 1.722.

Por acuerdo de la Muy Noble, Muy más Leal ciudad de Burgos, Cabeza de Castilla, Cámara de V. Mag.

 

                                        Don José Antonio de Araujo Lasso.