...en la presente flota del cargo del General Don Manuel de Velasco y Tejada...


El 23 de octubre de 1702, una entera flota de galeones españoles fue destruida junto al ingente cargamento de metales preciosos que portaba. Felipe V, de España, y Luís XIV, de Francia, esperaban angustiosamente ese cargamento para hacer frente a la poderosa coalición antiborbónica. Con gran audacia, los almirantes Rooke, inglés, y Kallenberg, holandés, atacaron Vigo hundiendo también la Escuadra que Luís XIV había enviado al Caribe para escoltar a los galeones.

El artículo que sigue es el resumen del primer capítulo del libro publicado por Carlo di Risio.

El tronar de la primera salva fue seguido por la segunda, en rápida sucesión. En el castillo central, rodeado por su Estado Mayor, el vicealmirante Thomas Hopson echó un rápido vistazo a las piezas del primer puente, para controlar e la maniobra de carga, apuntamiento y disparo fuese rápida, como había recomendado muchas veces el capitán de navío Leake, antes de la acción. Incluso la febril ansia del combate, el vicealmirante observó una cosa esencial: la superioridad de fuego inglesa, esto es, la superioridad de la preparación de los servidores de las piezas. En el campo opuesto las cosas discurrían de un modo diferente. Treinta años de guerras conducidas por Luís XIV habían desgastado a la flota francesa afectando seriamente a los materiales, hombres y disciplina. Los buques que enarbolaban la bandera con los lises dorados no eran ya los de los tiempos de Tourville y de Jean Bart. En cuanto a la flota española o, mejor, lo que quedaba, bien poco era de temer con el declive irreversible de quienes en el siglo XVI fueron capaces de alistar y hacer a la mar a la Armada Invencible.

Incluso si lo imprevisto, lo imponderable, debía tenerse en cuenta, el fin de la Flota franco-española, que se celaba en la bahía de Rande, más allá de la línea de fuertes que protegía el angosto acceso, era inevitable. La potente flota anglo-holandesa partida de Spithead el 29 de junio de 1702 quiso interceptar en mar abierto a los navíos de Châteaurenault, que escoltaba a los pesados galeones de De Velasco, sobrecargado de tesoros de América. No había ocurrido así y era necesario ahora ir a buscar a naves y galeones a aquel fiordo de la costa española, en aquel angosto e insidioso intestino de Galicia, profundo en casi quince millas, dominado por el Castillo de Corbeiro al Norte, y el de Rande, al Sur.

UNA OPERACIÓN COMBINADA

El Torbay, de ochenta cañones, con cuatrocientos setenta y seis hombres de tripulación, estaba óptimamente mandado por el capitán Leake, a quien no atemorizaba en absoluto la presencia a bordo del vicealmirante. Leake, en aquel momento, estaba desembrollando una difícil situación. El viento, caído imprevisiblemente tras el alba, había obligado al Torbay a echar el ancla, que ahora era recogida. Con las velas principales nuevamente tensas, la nave iba a iniciar la parte más importante de su misión.

Pocas horas antes, Hopson había desembarcado de su nave, el más potente navío de primera línea Prince George, de noventa cañones. Calando menos, el Torbay era más idóneo para la maniobra en aguas escasas. Este movimiento había afectado también a otros altos oficiales superiores ingleses y holandeses. El comandante en jefe, almirante Sir George Rooke, pasó del Royal Sovereign al Somerset; el contralmirante Graydon del Triumph al Cambridge; el contralmirante Fayrborne del St. George al Swiftsure... Un ataque en columna, muy audaz y obviamente muy peligroso se había decidido en un consejo de guerra la tarde precedente.

Los grandes navíos Association y Barfleur, lanzaron una fragorosa salva sobre los navíos franceses Le Bourbon y L´Esperance. Eran, ambos, los puntos fuertes de la barrera construida por los franco-españoles a través de los mil metros del gollete que de la bahía de Vigo llega a la más interior de Rande. cadenas, vigas, toneles, habían sido anclados y los dos extremos de la barrera fijados a bordo de los citados buques franceses, que habían sacrificado completamente su movilidad, para transformarse en baterías flotantes.

El otro baluarte de los franco-españoles lo constituían los mencionados fuertes de Corbeiro y de Rande. Cañones de hiero y bronce procedentes de las naves fueron colocados en los terraplenes y sobre las explanadas de Corbeiro y de Rande. Trincheras y caminos completaban la obra.

Rooke había puesto a punto un plan cuidadoso para neutralizar la defensa organizada que hoy podíamos definirlo como un ataque anfibio, apoyado por la Flota. En el Royal Sovereign, antes del traslado del comandante en jefe al Somerset, el mapa de la bahía fue estudiado por enésima vez, evaluando los pro y los contra del asalto proyectado, que incluía el desembarco de infantes de marina y de infantería ordinaria sobre las dos orillas de la bahía de Vigo. Todas las unidades disponibles serían lanzadas contra Corbeiro y Rande, para hacer saltar el cerrojo de la defensa dispuesta por los franco-españoles. Una vez conquistados los fuertes, la Flota haría el resto, irrumpiendo en la bahía de Rande. la fuerza de desembarco comprendía 320 oficiales, 747 suboficiales, 503 cadetes, 625 auxiliares y 7.458 infantes de marina y soldados; los holandeses participarían en la empresa con 3.924 hombres. En total, pues, 13.587 hombres, lo que era una cantidad notable.

Aquel 23 de octubre se trataba de repetir, con más orden, el ataque abordado el día precedente, cuando el duque de Ormond, arriesgando demasiado, lanzó al agua las primeras chalupas cargadas de tropa, dirigiéndolas contra la barrera. Fue mal. Los cañones de los fuertes habían enfilado a las barcas y, a continuación, el tiro de la fusilería se abatió sobre quienes las tripulaban. Algunas chalupas naufragaron. Impensable repetir el ataque frontal. Era necesario tomar de flanco y al revés a los defensores, con un asalto simultáneo a lo largo de las dos orillas.

El doble ataque se había ya iniciado cuando el Torbay, todas las velas al viento, adquirió velocidad, seguido por los navíos Mary, Grafton, Kent y Monmouth, y por las unidades menores Phoenix y Vulture: el primero de los siete grupos formados por Rooke avanzaba en columna, Hopson, que iba en cabeza, apuntó el catalejo sobre Corbeiro y tuvo una rápida visión de casacas rojas y blancos uniformes, entre el humo de las explosiones y de los incendios. Idéntica escena en Rande, en la orilla contraria, donde los granaderos ingleses estaban duramente empeñados con las tropas del capitán de navío Sorel, desembarcado del Le Voluntaire para defender el fuerte. Sorel cayó valientemente, con la espada al puño. Pero el número abrumador de los anglo-holandeses, desembarcado en la bahía de Teis, no podía ser neutralizado por aislados episodios de valor individual.

SE FUERZA LA BARRERA

El almirante español José Chacón, comandante de todo el sector, fue obligado a ordenar la retirada, con la muerte en el corazón. Chacón había sido mal servido, precisamente por sus compatriotas. Don Alfonso Correa de Mendoza y Sotomayor, conde de San Bernardo, huyó al primer disparo de mosquete, imitado por toda la tropa a sus órdenes. Fue el inicio del proceso de disgregación de la defensa de Rande.

Desde el Torbay, Hopson y el comandante Leake podían distinguir ahora, a través de los catalejos, todos los particulares del doble combate en curso cerca de los fuertes. De una orilla a la otra, el brazo de mar estaba obstruido por una barrera que adolecía de prisa e improvisación de quien la había concebido y realizado. Las olas rompían sobre aquella amalgama absurda. De pronto en Corbeiro, entre el humo y los disparos, alguien consiguió izar la Union Jack, la bandera inglesa. Un clamor se elevó en el Torbay, mientras que los hombres se abrazaban. La cruz roja de San Jorge y la cruz blanca de San Andrés, saludaban la caída del fuerte y con él de las últimas esperanzas de los franco-españoles.

Pero la atención de Hopson y de Lake retornó al mar y a los terribles efectos provocados por las balas de cuarenta y dos libras de los Association y Barfleur sobre los Le Bourbon y L´Espérance. Este último, con sus mástiles abatidos, había encallado al pie del fuerte de rande, mientras que Le Bourbon, visado desde lejos incluso por la nave almirante Zeven Provincien, un peso pesado de noventa y dos cañones, era un pontón carbonizado. Al tiro de las naves de línea iba ahora a añadirse el de las piezas de los fuertes conquistados: los hombres del duque de Ormond giraban los cañones en dirección a los barcos franceses.

La proa del Torbay se encontraba a pocos metros de la obstrucción.

Los 476 tripulantes se agarraron a la obra fija para resistir el choque. Sonó un estruendo mientras que pedazos de madera y cadenas saltaban por doquier. El primer pensamiento de Hopson fue: ¿Hemos pasado? Y el siguiente ¿Quién ha logrado seguirme? El vicealmirante incorporándose sobre la balaustrada, miró hacia popa. El Mary y el Grafton estaban llegando a la obstrucción, que había vuelto a cerrarse sobre la estela del Torbay. Hopson pudo observar al Mary detenido entre los escombros y con una parte del velamen lacerada. Lo mismo le había ocurrido al Grafton. Una solución de continuidad muy peligrosa se había producido en la primera línea de los navíos ingleses, mientras que los hombres del Mary y del Grafton trataban de demoler la barrera flotante a golpe de hacha.

Una primera andanada embistió en ese momento al Torbay u a los otros dos buques ingleses en dificultad. la línea de naves francesas, dispuestas en semicírculo a levante de la bahía de Rande, atacó una segunda y una tercera vez. Eran los buques del vicealmirante François-Louis Rousselet, conde de Châteaurenault. A bordo del Torbay todos, de Hopson al último grumete, no pudieron por menos que admirar aquellos trece soberbios navíos, las velas completamente amainadas, anclados a intervalos regulares, todos los cañones apuntados para obtener la máxima concentración de fuego. Había también tres fragatas y otras unidades menores.

 

LA VICTORIA

Hopson, con una reacción de reflejo condicionado, dirigió la mirada hacia el formidable despliegue. Hacia nordeste, en dirección al asa de San Simón, se distinguían, inmóviles y solemnes, los galeones españoles. Todo estaba claro, ahora. Los fuertes, los atrincheramientos, la barrera flotante, los barcos de Châteaurenault anclados en arco, todo había sido dispuesto en función de proteger a los galeones y al oro y la plata que contenían. Luís XIV, privándose de una notable parte de su Flota, no había regateado naves y hombres para ayudar a su nieto, el duque d´Anjou, de diecisiete años, desde hacía poco rey de España como Felipe V, para consentirle entrar en posesión de los metales preciosos de América, durante tanto tiempo esperados. Châteaurenault había recorrido con su Escuadra millares de millas y permanecido mucho tiempo en las Indias Occidentales para asumir la escolta de los galeones.

Sin embargo, increíblemente, a las cuatro semanas de la llegada de los galeones a Vigo, los cofres se encontraban aún a bordo de tres galeones de combate y de catorce comerciales. Algo más importante aún, la disposición de la Flota franco-española era sólo aparentemente racional. La forzada inmovilidad en doble línea de navíos y galeones equivalía a una condena. Vigo era, en realidad, una trampa, con las naves ancladas, imposibilitadas de maniobrar y por lo tanto vulnerabilísimas. Blancos ofrecidos a los cañones de los navíos de Rooke y Kallenberg, que estaban por irrumpir en aquel cerrado espacio en el que los franco-españoles buscaron un ilusorio reparo.

Tras el Torbay, el Mary y el Grafton, finalmente libres estos dos últimos de la barrera flotante, los grupos de asalto anglo-holandeses penetraban en la bahía. Desde lo más alto del Torbay los vigías podían distinguir, a popa, un bosque de velas en movimiento. cada nave, una vez en la bahía, daba un golpe de timón para colocar en línea de tiro al mayor número posible de cañones. Cuando hubo pasado el primer grupo, llegó el segundo, guiado por el vicealmirante holandés Van der Goes, sobre el Dordrecht. También el Zeven Provincien estaba entrando en la bahía, pese a los insidiosos bajos fondos cercanos a la costa y los escollos no señalados en las cartas.

Châteaurenault, con todas las condecoraciones e insignias de su grado sobre el blanco uniforme, la mano en la espada, debió recordar que la suerte le estaba reservando por dos veces al mismo adversario. El almirante se había encontrado ya frente a George Rooke en la batalla de Cabo Beachy, en 1690, pero en aquella ocasión se trató de una batalla de maniobra: nada que ver con la disposición de las fuerzas contrapuestas en Vigo, con los navíos franceses inmóviles, ofrecidos al tiro rabioso e intenso de ingleses y de holandeses.

La nave almirante francesa, Le Fort, hizo honor a su nombre y combatió largamente. Poco distante, Le Solide, rápidamente desarbolada, ardía como una antorcha mientras que muchos de sus marineros, con el uniforme en llamas, se arrojaban al agua. Poco después la Santa Bárbara hizo explosión y Le Solide se desintegró, literalmente. Sobre el puente principal de Le Triton, continuó la lucha hasta altas horas, todos comprendidos -carpinteros, escribanos, cocineros-, hasta que embarrancaron. La nave almirante de la Flota española, La Bufona, fue la primera unidad de De Velasco en ser centrada; incendiada cayó de costado, hundiéndose con un cuarto de su tripulación.

Sobre el Torbay, verdadero protagonista de la jornada, Hopson y Leake se las veían ahora con una nave incendiaria francesa, Le Favory, con once cañones y cien hombres, intentaba valerosamente, al mando del comandante De l´Escalette, destruir el tres puentes inglés. Mortalmente herido, De l´Escalette seguía intentando aproximarse al Torbay, cuyos cañones disparaban ya a quemarropa. Le Favory se hundió al pie del Torbay con toda su tripulación, mientras que la nave inglesa, con ciento quince muertos y heridos a bordo, el velamen casi completamente destruido, los palos desmochados, abandonaba temporalmente la línea de combate. Hopson se vio obligado a trasladarse al Monmouth para continuar dirigiendo la acción del primer grupo de naves inglesas.

En menos de diez horas de batalla, el entero despliegue francés fue aniquilado. Châteaurenault, viendo sus naves perdidas y las aún a flote expuestas a la captura, juzgó la partida irremediablemente perdida. Antes de desembarcar de Le Fort, con los heridos, ordenó el autohundimiento, pero, en la confusión del momento, en medio del humo denso, pocos fueron los comandantes de otras unidades que consiguieron distinguir la señal izada por la agonizante nave almirante. Ahora llegaba el turno de los españoles.

El capitán general Don Manuel de Velasco y Tejada había seguido con ansia, hasta ese momento, las varias fases de la batalla a bordo de la capitana, el galeón Jesús María y José. Al comienzo de la acción, los tripulantes de los catorce galeones comerciales, con las manos dirigidas a lo alto, habían suplicado la maldición del cielo para los piratas luteranos. Después, se había oficiado la Santa Misa. Los galeones, en realidad, solo podían ser defendidos por sus nombres, que exprimían la fe exasperada y barroca de todo un pueblo; Nuestra Señora de la Ánimas, Nuestra Señora de las Angustias, Santo Cristo del Buen Viaje, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra señora de las Mercedes... Hacían falta otras cosas para detener a las espesas y aguerridas formaciones navales de los anglo-holandeses.

Como se ha dicho, anclados en el asa de san Simón, los galeones estaban apantallados por los navíos franceses, desplegados en semicírculo. Desfondada aquella línea, no tenían salvación. Por eso, cuando De Velasco vio a los barcos de Châteaurenault en llamas comprendió que sus galeones estaban a merced del enemigo. Desde lo más alto de la capitana, un vigía señaló el aproximarse de las naves enemigas. El Monmouth, el Mary y el Dordrecht, superados los restos incendiados de las unidades francesas, se estaban acercando a la apetitosa presa.

De Velasco, prorrumpió en un solo grito altísimo, repetido de un galeón al otro: ¡Las naves a pique! Las aguas de Vigo iban a cerrarse sobre el más rico tesoro transportado desde América: oro y plata, collares y candelabros finamente trabajados, objetos sacros preciosos, gemas y perlas. Un tesoro que representaba tres años de tributos de Nueva España, Nueva Granada, Nueva Andalucía. Porcelanas chinas habían dado la vuelta al mundo transportadas por un galeón que anualmente regresaba de Manila, en las Filipinas, con los productos de China y de las islas de la Sonda... Era el fin.


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